Pedro III el Grande, hijo de Jaume I

Pedro III, I de Valencia y II de Cataluña. (Valencia, 1240-1285/1276-1285).

Llamado el Grande. Nació en Valencia en el verano de 1240, siendo el primer hijo varón de Jaume I y de su segunda esposa, Violante de Hungría. Era, por tanto, el segundo heredero, ya que la corona correspondía al primogénito Alfonso. Pero las malas relaciones de Jaume I con Alfonso y la ambición de Violante acabaron favoreciendo a Pedro, al que ya en 1241 Jaume I, en el primero de los repartos que desmembraron la Corona de Aragón, le reservó Valencia, Mallorca y los señoríos al norte de los Pirineos.

Tras la muerte de la reina Violante en 1251, la formación del infante Pedro quedó en manos de los nobles, en particular los catalanes Jazberto y Guillem de Castelnou, Gilabert de Cruilles, y el aragonés Ato de Foces, que lo instruyeron en el manejo de las armas -fue experto en el manejo de la maza-, de la caza y de las letras, siendo de destacar la influencia de la cultura trovadoresca, en particular Guillem de Cervera, que permitió al rey escribir poemas trovadorescos durante su vida. Ningún retrato gráfico o escrito ha quedado sobre sus rasgos físicos, y en 1257 Jaume I le nombró Procurador General del Principado de Cataluña, lo que le permitió adquirir un importante peso político, sobre todo frente a su hermano Alfonso, Gobernador de Aragón, que era incapaz de defender de forma adecuada su causa y sus derechos.

Son años en los que forma su personalidad, que estará caracterizada, como destacó F. Soldevila por la rapidez en las decisiones y movimientos; su resistencia a la intemperie e inclemencias del tiempo, que lo ponían al nivel de sus almogávares; persistente en sus acciones, sin dar tregua al adversario; actuaba con juicio, pero sin desdeñar el arrojo y la osadía, aún a costa del peligro.

Tras la muerte de Alfonso sin descendencia, Pedro se convirtió en el heredero principal, y en 1262 quedó como futuro rey de Aragón y Valencia, y conde de Barcelona. En Montpellier, en 1262, cuando tenía veintidós años, tuvo lugar la boda con la princesa siciliana Constanza Staufen, hija del rey Manfredo y nieta del emperador alemán Federico II. El infante Pedro comenzó a desarrollar su propia política, aún a riesgo de enfrentarse con su padre. Disponía de una modesta Casa y Corte, de escasos recursos, de la que vivía el joven matrimonio. Con Constanza tuvo cuatro hijos y dos hijas. Fueron los hijos: Alfonso, el sucesor; Jaume, que fue rey de Sicilia y luego de Aragón (Jaume II); Fadrique, también rey de Sicilia, y Pedro, casado con Guillermina de Montcada, hija de Gastón, vizconde de Verán, que murió sin hijos en 1296. Las hijas fueron: Santa Isabel, reina de Portugal al casar con don Dionís, y Violante, esposa de Roberto, rey de Nápoles.

Pedro III, gran amante extra-conyugal, tuvo otros hijos naturales. De una joven llamada María nacieron tres hijos: Jaime Pérez, señor de Segorbe; Juan y Beatriz, casada con Ramón de Cardona. Hacia 1275-1280 tuvo amoríos con Inés Zapata, su amante oficial, a la que dio las villas de Llíria y Alzira en el reino de Valencia, de la que tuvo cuatro hijos: Fernando, señor de Albarracín; Pedro, que casó en Portugal; Sancho, que fue Castellán de Amposta, y Teresa, casada con los aragoneses García Romeo, luego con Artal de Alagón y con Pedro López de Oteiza. Es posible que Blanca, mujer del vizconde de Cardona, Hugo Ramón Folch el Viejo, fuera hija de Pedro III. A esta lista habría que añadir, según Dexclot, los amores que tuvo con Elisenda de Montesquiu, del Rosellón, y durante su estancia en Sicilia, con la esposa del destacado personaje Alaimo de Lentini, luego asesinado por orden de Jaume II. Otra mujer, una siciliana llamada Lisa, parece que tuvo amores con el rey, que fueron recogidos por Bocaccio y otros autores, aún cuando no parecen estar muy claros históricamente.

Al morir Jaume I (1276) y tras su ascenso al trono, Pedro III, con más de 30 años, tenía ya una amplia experiencia política y guerrera. Pedro III, tras haber firmado una tregua de tres meses con los mudéjares sublevados en el reino de Valencia, a los que estaba combatiendo, se coronó en Zaragoza en noviembre de 1276.

Los problemas para Pedro el Grande estaban en el interior de sus Estados y se derivaban de los continuos choques que había tenido con la nobleza feudal, pues desde joven fue un celoso defensor de la dignidad real frente a la oligarquía aristocrática. A veces sus acciones chocaron incluso con los deseos de su padre e incluso estuvieron dotadas de cierta crueldad. Los nobles catalanes, que en muchos casos eran bandoleros, como nos cuenta el cronista Desclot, no querían al infante Pedro porque era el encargado de reprimir las banderías y los desmanes de tales nobles, y así intervino en la contienda desarrollada en el condado de Urgel; capturó, hacia 1271, al noble catalán Ramón Guillem de Odena y lo hizo ahogar en el mar, mientras que el río Cinca fue el escenario donde pereció ahogado el bastardo real, Fernando Sánchez de Castro, por orden del infante Pedro.

Al poco de comenzar su reinado, su hermana doña Violante, reina de Castilla, con su nuera doña Blanca, viuda de Fernando de la Cerda, y sus nietos Alfonso y Fernando, se refugiaron en Aragón, tras el nombramiento del infante Sancho como sucesor al trono. En septiembre de 1279, entre Requena y Buñol, Pedro III se entrevistó con el infante don Sancho, acordándose que doña Violante regresara al lado de su marido Alfonso X, pero Pedro III retenía a los infantes. El 27 de marzo de 1281 en las vistas que tuvieron lugar en el Campillo, entre Ágreda y Tarazona, con asistencia de Alfonso X y del infante Sancho, Pedro III reconoció a Sancho como heredero de Castilla.

Pedro III fue sepultado en el monasterio cisterciense de Santes Creus, por el que había mostrado particular predilección durante su vida, manifestando su deseo de ser enterrado allí. De momento fue depositado en una tumba provisional, hasta que se realizó el proyecto definitivo, una urna de pórfiro, que se supone traída desde Sicilia por Jaume II, donde aún reposan sus restos.

En el terreno de la administración hay que señalar el importante papel que la minoría judía desempeñó durante buena parte del reinado de Pedro el Grande, siguiendo la trayectoria de su padre, Jaume I, con el que se había iniciado el auge de los funcionarios judíos. A pesar de las prohibiciones eclesiásticas dictadas en el IV concilio de Letrán en 1215, que prohibía que los judíos desempeñaran cargos públicos y de gobierno, Jaume I y Pedro III no dudaron en utilizar a personajes de esta religión para el ejercicio de funciones político administrativas. Esta «edad del oro» judía se terminó cuanto Pedro III en 1283-1284 se vio obligado a aprobar el Privilegio General de Aragón y el Recognoverunt Proceres de Barcelona, donde se contenían disposiciones legislativas prohibiendo a los judíos ejercer cargos de gobierno, en particular bailes.

En el campo de la cultura literaria señalemos que Pedro el Grande tuvo fama de ser un excelente trovador, y su extraordinaria personalidad ha hecho que pasara a la historia con el calificativo de «Grande», y de ella se hicieron eco los propios cronistas de la época, quienes llevados por su admiración hacia el personaje no dudaron en calificarlo como «lo segon Alexandre per cavaleria e per conquista», como hizo Bernat Desclot en su Crònica, y para Ramón Muntaner era, nada menos, que el hombre que había nacido con más gracias después de Jesucristo. El orgullo hacia el Casal de Aragón se traslucía en estas alabanzas. Las gestas del monarca generaron un ciclo poético que duró hasta el Romanticismo, siendo objeto de multitud de poemas, de alabanza o denigratorios, por parte de los trovadores, mientras que Dante dijo de él: «de todo valor estuvo ceñido su corazón»; apareciendo en la famosa novela de caballerías «Curial y Güelfa» y hasta el mismo Shakespeare se hace eco de sus gestas.

 

 

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